Rocio Campos Ramirez

Esta soy yo

rocio

    Nací en Madrid, un 30 de abril de 1986. Siempre me ha gustado esa fecha.

    En las reuniones familiares era la oyente más atenta que podían tener mis padres y mis tíos. Escuchaba cada anécdota como si fuera una cazadora de recuerdos que, tras guardarlos, sabía que tenía que devolverlos escritos al mundo.

    Siempre quise contar historias.

    Empecé muy joven a escribir mis diarios y mis propios relatos. Y, cuando tuve que decidir hacia dónde enfocar mi vida, elegí el periodismo con la firme convicción de convertirme en escritora y publicar libros como esos tan maravillosos que yo devoraba.

    Pero estaba equivocada en mi objetivo. Yo quería publicar libros, que los lectores disfrutasen con todo eso que yo tenía para ofrecerles. Pero por mucho que yo lo deseara, nunca llegaría de la manera que yo quería si no aprendía primero a disfrutar del camino. Y, aunque aprendiera hacerlo, no tendría por qué llegar.

    Aquella revelación fue como si paseara por un bosque idílico, un precioso día soleado y, de repente, comenzara a llover. ¡Y yo sin paraguas!

    Cuando comprendí
que no iba parar de llover,
decidí andar bajo la lluvia.

 

Tengo que admitir que estuve muy enfadada al principio. Estaba mojada y perdida en aquel bosque que ahora me asustaba. Luego, comencé a escuchar cada uno de los sonidos que la naturaleza me ofrecía y, aunque no dejó de llover, el camino fue más placentero.

    Me desprendí del miedo a estar mojada todo el día. De las inseguridades que la soledad se empeñaba en echarme encima. De las miradas de los depredadores. Y, simplemente, comencé a hacer lo que mi cuerpo llevaba tanto tiempo pidiéndome: andar.

    Andar metafóricamente, claro.

    Literalmente me puse a escribir.

    Y estoy aprendiendo a hacerlo porque eso es, básicamente, lo que siempre he querido hacer: aprender.

    —¿Cotiza ser “aprendiz” de la vida?— le pregunté un día a un señor muy serio, sentado en una oficina de empleo tras su ordenador y sus gafas redondas.

    —No— me contestó, más serio todavía, bajándose las gafas hasta la punta de la nariz.

    —Pues ponga que soy periodista— afirmé, agarrada a mi carpeta verde llena de papeles, fotocopias y títulos inservibles.

    Y así fue como me escondí
detrás de una gabardina marrón, una libreta y un boli
para contar todo lo que mi curiosidad me empuja a descubrir.
 

    ¡Y me dejan hacerlo!

    He trabajado en RNE y en la fantástica y extinta revista Interviú. Ahora, escribo sobre crianza, infancia, literatura y tecnología en Mamas&Papas, en el periódico El País. Y también sobre muerte en la revista cultural Adiós.

    Es verdad que sueño con que un día alguien vuelva a llamar a mi puerta para decirme: “Me gusta tu historia. Quiero publicarla”.

Mientras eso ocurre, sigo caminando bajo la lluvia, sin paraguas, casi deseando que llegue Iván Ferrero y me diga, como en su canción:

    “¿Se puede saber qué esperas?”.

    Si eso ocurriese yo le miraría, sonriendo, cual actriz de Hollywood en el momento más dulce de la película y contestaría:

    “En realidad ya no espero nada. Solo disfruto del camino”.